“Si no somos capaces de pensar por nosotros mismos, si no somos capaces de cuestionar la autoridad, somos pura masa moldeable en manos de los que ejercen el poder”. — Carl Sagan, El mundo y sus demonios (1995).
Vivimos en un ecosistema digital que, paradójicamente, nos ahoga en datos mientras nos dosifica de comprensión. Imagina que abres tu red social favorita: en menos de cinco minutos conviven un video generado por Inteligencia Artificial (IA) hiperrealista que altera un discurso político, un hilo que jura que el cambio climático es un invento globalista, y un influencer vendiendo gotas de agua magnetizada para curar enfermedades crónicas. Este bombardeo no es inocuo.
Hoy, la desinformación ya no es solo un error de lectura; es un arma de precisión geométrica. En un siglo XXI marcado por el avance algorítmico y crisis ambientales complejas, la divulgación de la ciencia ha dejado de ser un pasatiempo de nicho o un acto de generosidad académica: es la última línea de defensa de nuestra soberanía cognitiva y de la democracia misma.
Divulgación vs. Periodismo, dos guardianes de la verdad con brújulas distintas
Para entender el valor de la divulgación, primero debemos distinguirla de otra profesión hermana con la que a menudo se le confunde: el periodismo científico. Aunque ambas comparten la obsesión por la veracidad, operan con ritmos y propósitos distintos.
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✅ El Periodismo Científico: Su motor es la actualidad y el interés público inmediato. El periodista investiga la ciencia desde una perspectiva social, política y económica; fiscaliza cómo se usan los fondos públicos para investigar, reporta el último gran hallazgo médico de la semana y confronta el impacto de una nueva ley ambiental. Se rige por la inmediatez y la relevancia social del momento.
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✅ La Divulgación Científica: Su propósito no es la primicia, sino la traducción cultural. La divulgación toma el método, los conceptos abstractos y el andamiaje del pensamiento científico y los recrea en un lenguaje accesible, sin perder el rigor. No busca solo informar que un hecho ocurrió, sino explicar cómo sabemos lo que sabemos, dotando a la ciudadanía del instrumental lógico para evaluar el mundo.
Como bien señalaba el sociólogo de la ciencia Dominique Wolton (1997) en su obra Pensar la comunicación, la divulgación construye puentes culturales de largo plazo, mientras que el periodismo gestiona los flujos de la información inmediata. Ambos son vitales, pero la divulgación moldea la estructura mental con la que procesamos la realidad.
Infodemia, posverdad y el regreso de los dogmas
La Organización Mundial de la Salud (OMS) acuñó el término infodemia para describir la sobreabundancia de información —buena y mala— que dificulta que las personas encuentren fuentes fidedignas cuando más lo necesitan. El problema actual es que los algoritmos de recomendación de las grandes plataformas no están diseñados para premiar la verdad, sino el engagement (la retención del usuario), y nada retiene más a una persona frente a la pantalla que la indignación, el miedo o el sesgo de confirmación.
Este exceso de información dudosa ha pavimentado el camino para tres amenazas contemporáneas:
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✅ La Posverdad: Un escenario donde los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. En la era de la posverdad, un dato científico respaldado por mil revisiones por pares vale lo mismo en el debate digital que la opinión anecdótica de un foro anónimo.
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✅ El avance de los totalitarismos: Los regímenes autoritarios modernos ya no necesitan censurar toda la información; les basta con saturar el entorno con tantas versiones contradictorias de la realidad que la ciudadanía termine por rendirse y aceptar que "la verdad es incognoscible". Cuando la gente deja de creer en la posibilidad de una verdad objetiva, se vuelve sumisa al dogma del líder de turno.
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✅ Las falacias y fundamentalismos neo-religiosos: Ante la incertidumbre económica y climática, resurgen explicaciones providenciales o pseudocientíficas que ofrecen certezas absolutas y mágicas a problemas que requieren soluciones técnicas y pensamiento complejo.
Las nuevas fronteras del riesgo, Inteligencia Artificial y Soberanía Cognitiva
El arribo de la Inteligencia Artificial generativa ha multiplicado el riesgo a una escala nunca antes vista. Las deepfakes de audio y video y la generación masiva de textos automatizados permiten la creación de narrativas falsas personalizadas a nivel de hiper-segmentación. Esto atenta directamente contra nuestra soberanía cognitiva, entendida como el derecho y la capacidad autónoma de cada individuo para decidir en qué creer, cómo pensar y cómo procesar la información de su entorno sin manipulación algorítmica externa.
Si delegamos nuestro criterio a las cajas negras de los sistemas de IA corporativos o nos dejamos guiar por el flujo caótico de datos sin verificar, perdemos la soberanía sobre nuestras propias mentes. La ciencia, con su insistencia en la evidencia empírica y la duda sistemática, es el único antídoto directo contra esta colonización mental.
La obligación moral de la Universidad Pública y el compromiso del científico
En este panorama tan crítico, las universidades públicas no pueden ser espectadoras neutrales. Tienen una obligación moral irrenunciable: financiar, proteger y proyectar la ciencia libre.
Una universidad pública se sostiene con los recursos de la sociedad; por lo tanto, el conocimiento que en ella se genera debe regresar a la sociedad transformado en bienestar. Cuando las instituciones de educación superior limitan su producción científica al circuito cerrado de las revistas indexadas exclusivas para especialistas, están privatizando de facto el conocimiento. Difundir la ciencia es democratizarla.
Por su parte, las y los científicos deben asumir un compromiso ético inquebrantable con el desarrollo humano. Hoy en día, los ataques en contra de las universidades, el desmantelamiento de presupuestos de investigación y las campañas de desprestigio hacia el pensamiento crítico provienen tanto de sectores políticos que ven la ciencia libre como una molestia para sus agendas, como de corporaciones que priorizan el lucro sobre la sostenibilidad de la vida.
Frente a la escasez de agua, la pobreza estructural, la emergencia climática y la automatización laboral, el científico no puede ser un técnico neutral; debe ser un humanista que utilice el método científico como una herramienta viva para la emancipación y la justicia social.
Defender la ciencia es defender la libertad
Garantizar la divulgación de la ciencia en tiempos de posverdad es un acto profundamente político en el sentido más noble de la palabra. Significa dotar a la población de un escudo intelectual contra la manipulación.
Si permitimos que el pensamiento crítico sea sofocado por el dogma, el algoritmo o el autoritarismo, entregaremos el futuro. La divulgación de la ciencia no es solo contar historias bonitas sobre las estrellas o las bacterias; es encender una vela en la oscuridad para defender nuestro derecho a pensar, a dudar y a decidir libremente el destino de nuestras comunidades.
Fuentes bibliográficas de consulta:
Sagan, C. (1995). El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad. Editorial Planeta.
Wolton, D. (1997). Pensar la comunicación. Ediciones Docencia.
Organización Mundial de la Salud (OMS). (2020). Gestión de la infodemia sobre la COVID-19: Promoción de comportamientos saludables y mitigación de daños derivados de la desinformación.
McIntyre, L. (2018). Post-Truth (Posverdad). MIT Press.
Innerarity, D. (2022). La sociedad del desconocimiento. Galaxia Gutenberg.
Texto: /Divulgación de la Ciencia y el conocimiento DGIP/UNACH